Dicen que cuando tienes un problema, lo más difícil es reconocerlo. Esto puede ir ligado a lo que hablaba en el artículo anterior sobre cómo el poner nombre da forma a nuestra realidad.
Reconocemos los problemas mediante la palabra. Con la palabra tiene forma, y esa forma es algo que ya podemos manipular, combatir o aceptar.

A mi problema lo llamé adicción a la comida.

Me extraña y casi me ofende que no se hable más de la adicción a la comida. Supongo que será porque hablar bajo estos términos podría demonizar a la comida, que no le ha hecho nada malo a nadie. No obstante, también se habla de adictos al alcohol y ahí seguimos, adorándolo como fino brebaje o engulléndolo cual lubricante social.

Adicciones.
Todas siguen patrones semejantes. Se puede ser adicto a muchas cosas, sólo hace falta que nuestras cabecitas identifiquen qué produce el pico de dopamina y buscarlo regularmente. El cerebro reajusta niveles con la nueva y adicional entrada de dopamina y eso pasa a ser normal. Cuando dejamos de estimular con nuestra nueva droga, llega el mono.

Se puede ser adicto al amor, a las relaciones descompensadas, al sexo, al deporte, al alcohol, a la fiesta, a las sustancias y hasta a los pokémon. Y muchos estudios prueban que las personas que tenemos tendencia a las adicciones podemos caer fácilmente en cualquiera de ellas. Sólo tienen que estar a nuestro alcance y dejarnos llevar.

Dicen que los adictos somos unos vagos, blandos, que no tenemos constancia, que hacemos lo que nos da la gana. Se nos dice a los gordos, pero también se les dice a los alcohólicos, a los chavales adictos a los juegos, o a los porreros empedernidos.

En nuestro objeto de adicción convive el bien y el mal. Nos da la vida y nos la quita.

En mi caso, no sé en qué punto empieza esta relación con la comida. Ahora identifico recuerdos de mis 9 años, cuando estando de campamentos, al no saber integrarme con los otros niños mi entretenimiento acababa siendo ir a la tiendita del pueblo a por chuches.

En todo caso, de lo que sí estoy segura es de cuales eran los comportamientos que me hicieron darme cuenta de la adicción:

  • Culpabilidad.
    Me sentía culpable sólo por el hecho de comer.
    Me sentía culpable sólo por tener el cuerpo que tenía.
    Me sentía culpable por ser yo.
  • Esconderse para comer.
    No sólo fuera de menú, sino cualquier tipo de comida. He llegado a encerrarme en el baño para poder comer tranquila. En el baño era el único lugar en el que nadie me observaría mientras comía.
  • Mantenía alijos de comida ocultos.
    Terror a quedarme sin comida.
    Pánico a pasar hambre.
  • Comidas fetiche super idealizadas.
    Soñar con esas comidas fetiche. Comerlas a deshoras.
  • Usar la comida como castigo hacia mí misma
    a veces comiendo hasta que y aunque duela.
  • Usar la comida como herramienta de pataleta.
  • Pensar a todas horas en comida.
    Durante un tiempo mi vida fue absolutamente dominado por el pensamiento de comer. Mi vida era lo que pasaba entre horas de comida.
  • Comer me hace sentir bien.
  • Haber comido me hace sentir mal.
  • Controlar que es lo que ocurre con TODA la comida de la mesa.
    Calcular mentalmente raciones. Calcular qué comió cada uno. Calcular si comí lo suficiente, si pasaré hambre en unas horas, si acaparé de alguna forma y no dejé a los demás. Calcular no comer demasiado.

Todo esto agota a cualquiera.

Dar nombre a tus propios problemas te otorga autoridad sobre ellos. Porque hasta entonces la etiqueta había sido la que otros habían impuesto: la gorda incapaz de dejar de comer para perder peso.

Nadie intentó preguntar o averiguar por qué era incapaz de dejar de comer para perder peso.

Deseé ser anoréxica. Intenté ser bulímica. Me planteé coserme la boca.*

El usar la comida como recompensa inmediata, es un comportamiento que a veces vuelve a mí, pero ahora que estoy bien, procuro concentrarme en qué siente mi cuerpo al comer y discernir el hambre de la ansiedad.
Me pregunto qué siento: hambre, saciedad, ganas de comer o de engullir, etc. Procuro disfrutar de lo que estoy comiendo. Es el momento de la comida ha de ser tranquilo.
Y a veces vuelvo a comer por ansiedad, pero intento que no sea con ansiedad.

Nombrar al demonio implica aceptar que existe. Y aunque sea un bicho feo, aceptar da mucha paz.

*(Sobre esto último, me enteré tiempo después de que es una terapia real. Le cosen a la persona la boca, como cuando se tienen fracturas de mandíbula, y le sacan una muela para que sólo se pueda alimentar a través de pajitas, incapacitando poder masticar y degustar la comida).

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