Queremos adelgazar por salud.
Y cuando el sano no consigue abrocharse el botón, también se apunta al gimnasio.

El diagnóstico

Yo pensé de forma seria la posibilidad de estar mal de la cabeza el día que me sentí inhabilitada. Cuando dejé de hacer cosas que antes hacía. O que habría hecho si no tuviese ciertos pensamientos.

Dejaba de ir de cenas o a sitios con mis amigos por comer o por no comer. Me impedía concentrarme. No trabajaba bien. Me despertaba por las noches pensando en comida. La palabra dieta me ponía violenta. Sabía desde hacía mucho que tenía un problema, pero pensaba que no era para tanto. Cuando adelgazase se pasaría. Pero no adelgazaba. O adelgazaba y engordaba.
Llegaron los ataques de ansiedad en toda regla. Los que causan parálisis y no te dejan respirar. Las lloreras sin provocación aparente. Ahí ya no hubo que negar. Y sin nada que negar, pedí cita al médico de cabecera.

Le dije que tenía mucho estrés. Que quería controlarlo. Esperaba que me enseñara a respirar. Algo de relajación.
Me dio un volante para ir al hospital. En el papel tan sólo indicaba "TCA". Llegué al primer hospital, me miraron de arriba a abajo en recepción, me preguntaron "¿Pero tú te quieres suicidar?".

TCA descubrí que era el acrónimo de Transtorno de la Conducta Alimenticia. Y no estaba delgada. Los primeros médicos que, por error, me encontré, no entendían nada.
Yo había ido a pedir ayuda con la ansiedad. Y yo tampoco entendía por qué al llevar ese volante en la mano me miraban con cara de pena, preocupación y asco.

Fue un diagnóstico horrible. El mejor que me han hecho en la vida.


El consejo fácil

Cuando queremos que alguien pierda peso queremos ponérselo fácil.
Pobrecita cosa. Ya tiene bastante con estar así (gorda). No se lo pongamos más difícil. No añadamos más sufrimiento.

Es fácil olvidar la identidad de la persona, sus disparidades. Es fácil no recordar la existencia de formas distintas de ayudar. Es fácil no dejar hacer al que tiene en frente lo que crea conveniente con su alimentación, su cuerpo y su puta vida. Ya sabemos lo que tiene que hacer. Se lo decimos. Es fácil decirlo. Es fácil, y es ayuda.

Prejuzgamos bajo un estándart que nos permite sacar veredictos a la ligera.

La endocrinología es también compleja y, aunque todos los cuerpos son iguales, también tienen sus diferencias.

La dieta en 5 fáciles pasos es fácil.
Qué fácil comprarse unas chocolatinas sustitutivas. Hay quien no quiere saber, o quizás no necesite saber si es que está deprimido por pesar 150 kg o entró en la carrera de los ciento-y de la mano de la depresión. Pero eso no es fácil. No es necesario agravar la situación señalando la posible existencia de problemas que es posible que ni empiecen ni terminen en la comida, pero que sin duda pasan por ella como forma de comerse todo lo que les pasa.

Es fácil escribir un blog diciéndole a un gordo que deje de comer. O una campaña de publicidad. O dirigirse a todas las mujeres que pretenden ir a la playa.La foto del antes y el después es fácil de encontrar. Es fácil de publicar.
Para qué preguntar antes de pulsar el botón de enviar.

Es fácil pensar que se hace por el otro, que se hace por ayudar. Es fácil fijarse en la ayuda, en lugar de mirar la cifra económica al final de la charla.

La barrita sustitutiva compuesta de moneditas, es fácil que resulte indigesta.


Dar la cara. Ana Mareca para La vida engorda.

Dar la cara

Hace poco fue la primera vez que se proyectó el audiovisual a un público que no formaba parte de nuestros amigos.
La primera vez que alguien veía esto sin tener relación previa con Grassa Toro o conmigo.
Fuimos sin expectativas, pero con la convicción de hacerlo lo mejor posible.
Y tras esta presentación y contando con el feedback recibido, nos fuimos con la sensación reafirmada de que algo estábamos haciendo bien.

Pero hay algo que yo no dejo de oír. Es la palabra con la que se me ha denominado desde el principio del proyecto por todo aquellos ajenos a él. Valiente.
Me llaman valiente.
Pero yo no me siento valiente.
Y me pregunto por qué tenemos que ser valientes para decir lo que pensamos.

Valiente, según el diccionario de la RAE:
Dicho de una persona: Capaz de acometer una empresa arriesgada a pesar del peligro y el posible temor que suscita.

Entonces la pregunta es ¿Cuál es el peligro de esta empresa?

¿Cuáles son los temores que suscita?

Yo no veo más temores que los que ya están presentes en el día a día de mucha gente:

  • Que me llamen gorda de mierda.
  • Que me digan que me calle porque estoy gorda.
  • Que invaliden mi opinión por mi apariencia física.
  • Que se me use como motivo de burlas.
  • Que me llamen exagerada.

Temores suscitados:

  • Que por la exposición mediática, todo esto se amplifique.

De forma que, si algo he de temer, es que aquello que es posible que me ocurra a diario, vaya a más.

Reflexiones

Ante esto, lo que pienso es que tengo derechos. Tengo derecho a hablar. Tengo derecho a vivir. Y tengo derecho a vivir sin miedos suscitados sin ser una chica de portada de revista.
Además de todo esto, resulta que soy listica, que intento respetar a todo el mundo, y que puede que esté contando cosas interesantes que quizás puedan ayudar a esas personas a las que todavía les pesan más sus miedos que sus derechos.

Puede ser que quien me encuentre valiente, todavía se encuentre encadenado a miedos. Y que tema vivir lo que se ha hecho con esta entrevista: convertir una charla con amigos en algo público. Hablar delante de una cámara.

De esta forma, parece que la cámara es algo clave para denominar a alguien valiente. Quien escribe un libro no es denominado valiente, sino inteligente. Quizás nos parezca valiente quien sale en salvados, quien se sube a un escenario a hablar, o quien acepta tener una cámara delante. Parece que la valentía viene asociada al acto físico de mostrar cara y cuerpo.
Ser valiente es dar la cara.

Al dar la cara podemos temer perderla. Ahora mi cara es la cara de la entrevista. Y en última instancia, lo que se haga con ella depende del receptor. Pero La vida engorda es un acto de compartir. Ponerme delante de una cámara no ha hecho que entregue mi cara. Le hemos hecho un molde para sacar copias y que llegue a más gente. Pero mi cara sigue siendo la que va pegada a este cuerpo, que cambia con el tiempo en el que vive.

La imagen nos vuelve vulnerables porque mostramos nuestro aspecto. Y nuestro aspecto es un argumento legítimo para convertirnos en fruto de burla o ataques.

Ese es el problema que nos ha hecho pensar que dar la cara sea sólo para los valientes.

Ana Mareca. La vida engorda. Dar la cara.


Mercedes Milá y la gordofobia

Hoy aprovecharemos la metida de pata de Mercedes Milá para hablar de gordofobia.

La gordofobia es el odio irracional o fobia hacia la gordura, la grasa y la obesidad. Puede ser hacia la de los demás o hacia la propia.

La gordofobia es motivo común de discriminación.

  • A la gente gorda se les paga 1,25$ menos por hora que a sus compañeros delgados.
  • 92% de los adolescentes declaran haber sido testigos de bulling o burlas hacia compañeros gordos.
  • Sólo 1 estado (de Estados Unidos) - Michigan - ha prohibido legalmente la discriminación hacia las personas basada en el peso.
  • Más de 2 de cada 3 personas gordas reportan haber experimentado discriminación por parte de sus médicos.
  • 43% de las personas gordas reportan haber sido prejuzgados por sus empleadores.
  • En Estados Unidos, hay más mujeres que visten una talla 44 que las 30, 32 y 34 juntas.
  • El 72% de las representaciones de gente gorda en las noticias son desmoralizadoras.
  • 1 de cada 3 doctores asocian los cuerpos gordos con hostilidad, deshonestidad y mala higiene.
Traducción de la imagen de abajo. Fuente: el blog de fattitude

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Un ejemplo: la reacción de Mercedes Milá en el show de Risto Mejide.

Mercedes Milá, al bioquímico J. Miguel Mulet: “Tienes que adelgazar porque estás gordo”
Mercedes Milá siempre ha defendido a capa y espada y por todos los platós un libro en el que ha creído fielmente: 'La enzima prodigiosa', de Hiromi Shinya. En este programa de ‘Chester in love’, Risto Mejide ha invitado a un profesor de biotecnología para debatir con la presentadora. El experto ha criticado duramente el libro que tanto le gusta a Milá. La presentadora ante tal ataque le ha respondido: “Léete el libro y adelgaza”.

Fuente: cuatro.com

En este video, J.Miguel Mulet se defiende de maravilla. Menos cuando se excusa. Explica que tiene ansiedad. Justifica su condición de gordo.

¿Por qué ha de justificar su condición de gordo? Porque se le invalida intelectualmente por serlo. Porque ha de hacer entender a su interlocutor que su gordura no está provocada por su falta de inteligencia. Porque a partir de ahora ya no se va a hablar de lo que se estaba hablando, se va a hablar de que él está gordo y por lo tanto el que tiene que cambiar y el que no tiene razón es él. El gordo.

Cuando Mercedes le toca, le arregla la chaqueta, describe con su dedo la circunferencia de su cadera, es cuando comienza el diálogo de salvación hacia el gordo. Mercedes acude como la figura maternal cariñosa que quiere lo mejor para su hijo. Ella sabe cómo salvarle de su condición de gordo. Da igual que él sea un adulto. Poco importa si va al médico o si cuida su salud. Da igual que ella lo acabe de conocer hace un minuto. Porque él es gordo y ella no. Y sus intenciones son buenas. Va a salvar al gordo. Él se lo agradecerá.

Lo que me enciende de esta situación no es este diálogo per se. Lo que me enciende es que estamos presenciando algo que por desgracia es escena cotidiana para mucha gente gorda. Invalidar a una persona por aparentes motivos de salud es algo bastante común.

Si J. Miguel Mulet no tuviese el currículum, la carrera y la trayectoria que tiene, es muy probable que su discurso y su persona hubiesen quedado completamente anulados por su condición de gordo.

Personalmente, he sufrido gordofobia. En todos los sentidos. No sólo me he sentido tratada de forma distinta en muchas ocasiones simplemente por el hecho de ser gorda, sino que yo misma sentía que era mucho peor por ser gorda. No podía soportar la visión de mi cuerpo, ni la de ningún tipo de cuerpo gordo. Todo lo relacionado con lo gordo me provocaba una reacción visceral. A su vez, también despreciaba a las personas gordas. A las tan gordas como yo, a las más gordas que yo, y a todos los tipos de gordura que no se esforzaban por ocultar o erradicar esa gordura.
La idea del gordo feliz era una mentira. La felicidad con una talla de pantalón por encima de la 42 era una mentira.

No obstante, no me gustaba sentirme así. No me gustaba reaccionar así. No me gustaba despreciar a gente que, en realidad, era como yo. No me gustaba odiarme ni odiar a los demás sólo por el cuerpo que tuviesen.

Este video fue una de las primeras acciones que me encontré hace 3 años circulando por la red. Fue la primera vez que se me planteó la pregunta: ¿Cuántas cosas estás dejando de hacer por ser gorda? ¿Cuántas cosas estás esperando a hacer para cuando estés delgada?

Por primera vez el discurso no era solamente
eres guapa
quiérete
todos los cuerpos son perfectos.

Por primera vez el discurso era algo más parecido a un
estamos tontos o qué.

Hace tres años no pude ver las imágenes de este documental. Hoy me sigue pareciendo duro de ver, pero comulgo totalmente con el contenido. Hay preguntas que es necesario hacer.

fuente: http://gordofobiadocumental.blogspot.com.es/

"Una cultura obsesionada con la delgadez femenina no está obsesionada con la belleza de las mujeres. Está obsesionada con la obediencia de estas.
La dieta es el sedante político mas potente en la historia de las mujeres: una población tranquilamente loca es una población dócil".

Naomi Wolf


Disfraz para adultos de mantequilla de cacahuete y mermelada

Mi adicción a la comida

Dicen que cuando tienes un problema, lo más difícil es reconocerlo. Esto puede ir ligado a lo que hablaba en el artículo anterior sobre cómo el poner nombre da forma a nuestra realidad.
Reconocemos los problemas mediante la palabra. Con la palabra tiene forma, y esa forma es algo que ya podemos manipular, combatir o aceptar.

A mi problema lo llamé adicción a la comida.

Me extraña y casi me ofende que no se hable más de la adicción a la comida. Supongo que será porque hablar bajo estos términos podría demonizar a la comida, que no le ha hecho nada malo a nadie. No obstante, también se habla de adictos al alcohol y ahí seguimos, adorándolo como fino brebaje o engulléndolo cual lubricante social.

Adicciones.
Todas siguen patrones semejantes. Se puede ser adicto a muchas cosas, sólo hace falta que nuestras cabecitas identifiquen qué produce el pico de dopamina y buscarlo regularmente. El cerebro reajusta niveles con la nueva y adicional entrada de dopamina y eso pasa a ser normal. Cuando dejamos de estimular con nuestra nueva droga, llega el mono.

Se puede ser adicto al amor, a las relaciones descompensadas, al sexo, al deporte, al alcohol, a la fiesta, a las sustancias y hasta a los pokémon. Y muchos estudios prueban que las personas que tenemos tendencia a las adicciones podemos caer fácilmente en cualquiera de ellas. Sólo tienen que estar a nuestro alcance y dejarnos llevar.

Dicen que los adictos somos unos vagos, blandos, que no tenemos constancia, que hacemos lo que nos da la gana. Se nos dice a los gordos, pero también se les dice a los alcohólicos, a los chavales adictos a los juegos, o a los porreros empedernidos.

En nuestro objeto de adicción convive el bien y el mal. Nos da la vida y nos la quita.

En mi caso, no sé en qué punto empieza esta relación con la comida. Ahora identifico recuerdos de mis 9 años, cuando estando de campamentos, al no saber integrarme con los otros niños mi entretenimiento acababa siendo ir a la tiendita del pueblo a por chuches.

En todo caso, de lo que sí estoy segura es de cuales eran los comportamientos que me hicieron darme cuenta de la adicción:

  • Culpabilidad.
    Me sentía culpable sólo por el hecho de comer.
    Me sentía culpable sólo por tener el cuerpo que tenía.
    Me sentía culpable por ser yo.
  • Esconderse para comer.
    No sólo fuera de menú, sino cualquier tipo de comida. He llegado a encerrarme en el baño para poder comer tranquila. En el baño era el único lugar en el que nadie me observaría mientras comía.
  • Mantenía alijos de comida ocultos.
    Terror a quedarme sin comida.
    Pánico a pasar hambre.
  • Comidas fetiche super idealizadas.
    Soñar con esas comidas fetiche. Comerlas a deshoras.
  • Usar la comida como castigo hacia mí misma
    a veces comiendo hasta que y aunque duela.
  • Usar la comida como herramienta de pataleta.
  • Pensar a todas horas en comida.
    Durante un tiempo mi vida fue absolutamente dominado por el pensamiento de comer. Mi vida era lo que pasaba entre horas de comida.
  • Comer me hace sentir bien.
  • Haber comido me hace sentir mal.
  • Controlar que es lo que ocurre con TODA la comida de la mesa.
    Calcular mentalmente raciones. Calcular qué comió cada uno. Calcular si comí lo suficiente, si pasaré hambre en unas horas, si acaparé de alguna forma y no dejé a los demás. Calcular no comer demasiado.

Todo esto agota a cualquiera.

Dar nombre a tus propios problemas te otorga autoridad sobre ellos. Porque hasta entonces la etiqueta había sido la que otros habían impuesto: la gorda incapaz de dejar de comer para perder peso.

Nadie intentó preguntar o averiguar por qué era incapaz de dejar de comer para perder peso.

Deseé ser anoréxica. Intenté ser bulímica. Me planteé coserme la boca.*

El usar la comida como recompensa inmediata, es un comportamiento que a veces vuelve a mí, pero ahora que estoy bien, procuro concentrarme en qué siente mi cuerpo al comer y discernir el hambre de la ansiedad.
Me pregunto qué siento: hambre, saciedad, ganas de comer o de engullir, etc. Procuro disfrutar de lo que estoy comiendo. Es el momento de la comida ha de ser tranquilo.
Y a veces vuelvo a comer por ansiedad, pero intento que no sea con ansiedad.

Nombrar al demonio implica aceptar que existe. Y aunque sea un bicho feo, aceptar da mucha paz.

*(Sobre esto último, me enteré tiempo después de que es una terapia real. Le cosen a la persona la boca, como cuando se tienen fracturas de mandíbula, y le sacan una muela para que sólo se pueda alimentar a través de pajitas, incapacitando poder masticar y degustar la comida).

La imagen corresponde a un disfraz para adultos que puede comprarse aquí.

galleta gorda

Ser o estar

Los nombres importan.
Poner nombre es dar identidad.

Si el objeto que nombramos no tenía identidad, al asignarle un nombre le estamos dando una parcela en nuestro mapa mental de la realidad.
Nombrando asimilamos y aceptamos. Y esta es nuestra forma de relacionarnos con el mundo y nuestra realidad.

Yo procuro ponerle nombre a mis problemas. A veces uso manuales de psicología y otras veces reciben motes cariñosos e incluso eufemismos. Esto forma parte de cómo me relaciono emocionalmente con mis problemas.

Me gusta ponerle nombre a mis problemas porque cuando identificas el problema, sabes a qué te enfrentas. Sabes si es algo que quieres cambiar. Y así encuentro más fácil buscar soluciones y tomar decisiones.
Incluso cuando no quiero hacer nada al respecto, conocer e identificar da sensación de control.

Al nombrar nos servimos del idioma. En nuestro querido castellano tenemos esa precisa sutil diferencia entre ser y estar. Cuanto estudiamos otros idiomas nos damos cuenta de que ese es un privilegio del que carecen otras lenguas.

Para mí el ser y el estar suponen la diferencia léxica entre la aceptación y la no aceptación.
Un día cambié el "estoy gorda" por "soy gorda".
Soy. Y ya está. Es así. Es algo que va conmigo.
El verbo ser, deja de un lado la lucha a la que me sometía estar.

Decir "soy gorda" también crea fenómeno de apropiación. Me estoy apropiando de esa palabra que ha sido usada como insulto contra mí toda mi vida. Ahora es mía, ahora ya nadie puede usarla para hacerme daño.

La palabra gordo hace mucho que ya no se usa simplemente para describir una forma física como ser alto, flaco, rubio, castaño, pecoso. Ahora, cuando te llaman gordo, te dicen que te sobra grasa, pero también pueden querer decir que eres vago, inconstante, depresivo, maloliente, que das asco.

Yo quiero decir que soy gorda sin que signifique nada más. Sin que a quien me quiere le duela oirme al decirlo.
Peso 112 kilos. No soy rellenita, no soy mujer de verdad con curvas, no soy ancha de huesos. Soy gorda.

Y ser gorda es algo que tendría que preocuparle sólo a mi médico, si alguna analítica lo decide.

La galletita de la foto es gorda y no va a dejar de serlo.

don fisher

El dibujo

El dibujo es muy importante para mí.

Siendo pequeña alguien me dijo que no dibujase, que nunca sería lo mío. Gracias a la adolescencia, volví a dibujar. Cuando llegué a la universidad, me fue útil el poder intercambiar dibujos por apuntes. Unos años en físicas y me cambié a diseño. En diseño podía dibujar y que realmente sirviese como trabajo de clase.Por primera vez recibí clases de dibujo y de historia del arte, entre otras. Exprimí al límite las clases de dibujo que recibí el primer año. Dibujo artístico: bodegones, luces, sombras y anatomía humana.

Antes de las clases ya me había interesado por el dibujo de la forma humana. Forzándome a cumplir los ejercicios de clase la estudié exhaustivamente.
El cuerpo humano siempre me había parecido desagradable. Veía a los seres humanos como trozos de cosas mal pegadas, funcionando de chiripa. Al fin y al cabo, eso es la evolución. Somos los tataranietos de las mutaciones que mejor se las apañaron para reproducirse.
Todavía pienso así, pero ya no es un pensamiento que me repugne.

Estudiando anatomía humana por medio del dibujo, desarrollé una nueva sensibilidad artística hacia el cuerpo humano. Dibujando de modelos al natural descubrí que todo el mundo tiene algo bonito en su cuerpo. Una curva, una sombra, un huequecito que se dibuja en la espalda de forma especial.
Forcé el entrenamiento de esta nueva adquirida sensibilidad. Empecé a buscar dibujos de cuerpos no estándares: gordos, viejos, bajitos, retorcidos... Los dibujos de chicas regordetas de caderas desproporcionadas me fascinaban. Me parecían preciosas. Y ciertamente, las proporciones de mi cuerpo se parecían bastante a algunas de ellas.
Y me preguntaba por qué si era capaz de ver belleza hasta en el cuerpo más retorcido y maltratado, todavía odiaba mi cuerpo.

Ese año conocí a mi pareja.
Tardé años en creerle cuando me decía que le atraía tal y como soy.

dibujo_lavidaengorda

La fotito es de Don Fisher. Venden estuches de pescaditos y otras criaturas del mar. Deliciosos.

Todo el mundo se vuelve muy loco con el dejar de fumar pero aquí nadie habla de lo mal que se pasa cuando dejas la pizza.

por fin alguien piensa en una pizza que puedes llevarte al agua. La imagen viene de aquí.

Desencuentro

Ayer le vi. Me ha dicho que llame al médico. Me ha preguntado cuánto peso ahora. Se lo he dicho. "Ella ahora pesa 80 kilos", me ha contestado. "Y eso qué quiere decir" le he preguntado. "Ella 80 y él más de 100". Y se ha ido arqueando las cejas. Asumo que esto quiere decir que ahora nos considera a todos gordos.

Pobre.

Me odia por ser gorda. No sé si es odio exactamente lo que siente, pero el asco es palpable. Aunque intente evitarlo, la mueca de asco asoma siempre en su cara cada vez que entro por la puerta y me mira de arriba a abajo. Aunque intente ser amable y tener detalles conmigo, todo siempre acaba en decirme que vaya al médico, que estoy tremenda, que necesito adelgazar.

Será que en más de 20 años todavía no me he enterado de que tengo que adelgazar.

El endocrino nos comunicó que mi peso sería un problema con 8 años. A dieta desde los 8 años. El título de sobrepeso, de gorda, de que la comida es mi enemiga desde los 8 años. Si lo piensas así tampoco hace falta mucha presión de la sociedad ni de los medios para vaticinar la tragedia.

gordos_lavidaengorda