Las opiniones son como los agujeros del culo, todo el mundo tiene una.

Todo el mundo come.

Todo el mundo opina sobre la comida.

Lo general cuando se toca este tema en sobremesas (sobretodo en presencia de los llamados cuñaos), es que aquel que se salga de la norma física termine siendo blanco de la mayor suerte de consejos sobre cómo gestionar su cuerpo. Al final todo el mundo sabe qué es lo que deberías de hacer para estar perfecta, para perder peso, para hacer que tu vida coja los raíles que debiera llevar.

Gilipolleces. Sobremesas.

Al final tienes que construir afirmaciones más contundentes, estrepitosas y malsonantes que todos los demás para acallar toda la mierda que no quieres oír.
Mierda que no quieres oír, porque es el mismo puto disco rallado puesto en un círculo que nunca se acaba. Haces que escuchas. Para qué escuchar pudiendo usar esas neuronas en pensar en otras cosas.
Asientes. Te dicen eso porque se preocupan por ti. No hay por qué ser maleducado. Nadie quiere a una gorda con mal humor.
Han terminado. Te miran. Te acaban de salvar la vida. Sonríes agradecida. Esperan que digas algo. Así que lo haces:
“Sí, si adelgazar es muy fácil. Pura matemática. Metes menos calorías de las que gastas y ya está. Si ya lo decía mi madre, de los campos de concentración no salía nadie gordo. Pero bueno, simplemente si mi cuerpo tiende a engordar más fácilmente, tengo que aprender a meterle la cantidad de calorías que necesita. Y ya está.”
Ya está. Pan comido. No hay más que debatir.
No gracias, no quiero método mágico. Ni la dieta dunkan ni herbalife me van a salvar. Aunque bajase un mago de los cielos y me succionase toda la grasa sobrante con su varita mágica la mierda seguiría ahí. Porque lo que se ve es a una gorda, pero el cuñado no quiere ver nada más.
Supongo que por eso la anorexia y la bulimia asustan más cuando se conoce que la sufren chicas de buen ver. “Con lo buena chica que se le veía” “Pero si es super maja nunca me lo habría imaginado”. Ya. Porque es flaca y perfecta. Claro.<

En fin.

La única verdad absoluta que he llegado a discernir es que cada persona es distinta y cada cuerpo y cada mente es un mundo. Y cada momento y cada historia.
Y que no nos queremos. Y si no nos queremos nunca nadie podrá hacerlo por nosotros. Y por eso comemos, o no lo hacemos, porque comer es un alivio de débiles. O se comete la indulgencia para luego vomitar severamente por el mal hecho.

Y que adelgazar es fácil. Pura matemática. Ojalá yo fuese pura matemática.

Lo grave de esto no es lo que crea la gente. Lo grave es que tú te lo acabas creyendo. Y acabas siendo sólo una gorda para ti misma. Y crees que adelgazar es fácil. Te sabes la receta, te sabes las instrucciones. Sólo hay que hacerlo. Lo vas a hacer. Y serás delgada. Y cuando seas delgada podrás hacer todo eso que no pueden hacer las gordas.

Cuando sea delgada podré:

  • Ponerme la ropa que quiera.
  • Comerme un helado sin que me miren mal.
  • Pedir un crédito al banco.
  • Correr por la montaña.
  • Cantar en una banda de rock.
  • Mostrar mi cuerpo.
  • Ser astronauta.
  • Montar a caballo.
  • Ir a clases de kárate.
  • Ligarme a un negro.
  • Ser admirada.
  • Ser respetada.
  • Ser amada.

Aceptar que nunca seré delgada fue una liberación. Porque tras esa clarividencia lo siguiente era aceptar que nunca podría hacer nada de eso o pasar a pensar que daba bastante igual ser gorda para hacer cualquiera de esas cosas. No voy a ser astronauta de todas formas. Lo del negro nunca se sabe. Ojalá el crédito fuese sólo para delgadas.