Yo pensé de forma seria la posibilidad de estar mal de la cabeza el día que me sentí inhabilitada. Cuando dejé de hacer cosas que antes hacía. O que habría hecho si no tuviese ciertos pensamientos.

Dejaba de ir de cenas o a sitios con mis amigos por comer o por no comer. Me impedía concentrarme. No trabajaba bien. Me despertaba por las noches pensando en comida. La palabra dieta me ponía violenta. Sabía desde hacía mucho que tenía un problema, pero pensaba que no era para tanto. Cuando adelgazase se pasaría. Pero no adelgazaba. O adelgazaba y engordaba.
Llegaron los ataques de ansiedad en toda regla. Los que causan parálisis y no te dejan respirar. Las lloreras sin provocación aparente. Ahí ya no hubo que negar. Y sin nada que negar, pedí cita al médico de cabecera.

Le dije que tenía mucho estrés. Que quería controlarlo. Esperaba que me enseñara a respirar. Algo de relajación.
Me dio un volante para ir al hospital. En el papel tan sólo indicaba “TCA”. Llegué al primer hospital, me miraron de arriba a abajo en recepción, me preguntaron “¿Pero tú te quieres suicidar?”.

TCA descubrí que era el acrónimo de Transtorno de la Conducta Alimenticia. Y no estaba delgada. Los primeros médicos que, por error, me encontré, no entendían nada.
Yo había ido a pedir ayuda con la ansiedad. Y yo tampoco entendía por qué al llevar ese volante en la mano me miraban con cara de pena, preocupación y asco.

Fue un diagnóstico horrible. El mejor que me han hecho en la vida.